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miércoles, 10 de junio de 2015

207 años de la Batalla de las Pozas de Santa Isabel

Dibujo de José María Roda.
Dibujo de José María Roda.

Entre el 9 y el 14 de Junio de 1808, la Armada Española se batió con la escuadra del almirante Francés Rosily frente a la costa oeste de la Real Isla de León -entre Punta Cantera y la Casería de Ossio-, en las conocidas como Pozas de Santa Isabel; un importante fondeadero dentro de la Bahía de Cádiz. Este enfrentamiento supuso una de las primeras victorias de la Guerra de Independencia Española y la más notable de las pocas batallas navales que se libraron durante dicho período.

Con motivo del 207 aniversario de la Batalla de Las Pozas de Santa Isabel, la Fundación Legado de las Cortes -antigua Guardia Salinera- organiza el viernes 19 de Junio una exposición con recursos audiovisuales y exhibición de armas, uniformes de época y material didáctico, en el paseo marítimo del CC Bahía Sur entre las 18:00 y las 21:45 horas.

A continuación, damos un repaso a todos los detalles de este episodio de nuestra Historia.
Todo empieza el 25 de octubre de 1805. Cuatro días después de la Batalla de Trafalgar, llegaba a Cádiz el Almirante francés Rosily, quien había sido mandado por Napoleón a España para sustituir a Villeneuve al mando de la escuadra combinada. Desgraciadamente, no pudo llegar a tiempo, ya que Villeneuve supo de su relevo y salió de Cádiz para enfrentarse a Nelson, con la tremenda derrota que le sobrevino. Tras la trágica Batalla de Trafalgar sólo permanecieron en la Bahía de Cádiz con bandera francesa cinco navíos de líneas y una fragata; Heros, Algesiras, Pluton, Argonaute y Neptune y, la última, Cornelie; siendo pertrechados con los escasos medios de que disponía el Arsenal de La Carraca para salir a la mar cuando fuera posible. Por otro lado, la escuadra española se encontraba diezmada, el estado de las tripulaciones era lamentable y sin haber recibido paga durante meses. Al mando de estaba don Juan Ruiz de Apodaca.

Pozas de Santa Isabel.
Pozas de Santa Isabel.

Los franceses -aun como aliados- no podían abandonar la Bahía de Cádiz debido al bloqueo inglés del Almirante Purvis y sus 12 navíos, obligando a la flota de Rosily a permanecer refugiados aquí durante 3 años. Rosily, desde febrero de 1808 -con la entrada del ejército napoleónico, supuestamente para invadir Portugal- estaba al tanto de las delicadas relaciones con los españoles, previniendo a su escuadra e intercalando los navíos españoles con los franceses. Un acierto del Almirante francés, puesto que los posteriores sucesos de Bayona con la Familia Real Española y la renuncia al trono de Fernando VII habían puesto al pueblo español en pie de guerra contra sus antiguos aliados.
El incremento del descontento generalizado contra los franceses desembocó el 2 de mayo de ese mismo año (1808) en el levantamiento del pueblo de Madrid, encendiendo la mecha de la guerra de Independencia Española al considerar a los franceses enemigos del Rey. En Cádiz, hubo asesinatos y encontronazos con éstos, que viciaron aun más las relaciones. Rosily, enterado de tales sucesos, prohibió que desembarcara ningún hombre de su escuadra. Por otro lado, el Gobernador de Cádiz, Marqués de Solano, puso algunas pequeñas embarcaciones a vigilar a los buques franceses.
Los gaditanos no entendían cómo se seguía sin combatir a los franceses tras las noticias del levantamiento de Madrid, por lo que no es extraño que acabara habiendo un motín con el consecuente asesinato de Solano, considerado injustamente un afrancesado. Seguidamente, la Junta de Sevilla, sublevada al fin, nombró al Capitán General don Tomás de Morla como sustituto de Solano, otorgándole los medios necesarios para que, llegado el momento, apresara o destruyera la escuadra francesa. Tras una reunión con las autoridades el día 30 de mayo, se acordó separar los buques españoles de los franceses, quedando preparados para el combate, aunque oficialmente aún no había hostilidad por ninguna de las partes.
Embarcaciones cañoneras de la Fundación Legado de Las Cortes.
Embarcaciones cañoneras de la Fundación Legado de Las Cortes.

Purvis, el almirante británico encargado del bloqueo y que estaba bajo el mando de Collingwood, se ofreció a entrar con sus buques en la Bahía de Cádiz para ayudar a los españoles a capturar los buques franceses, a lo que se negó en rotundo Morla. No le hacía gracia que sus tradicionales enemigos se metieran en las entrañas de la bahía gaditana a riesgo de generar ‘otro Gibraltar’, y de manera educada le contestó que era “algo que debían hacer los españoles”. Purvis debió comprender que los españoles, tras la traición de sus antiguos aliados, tenían una cuenta pendiente, algo que, por otra parte, era cierto, aunque los británicos dejaron en concepto de préstamo una cantidad importante de pólvora y munición a los españoles.
Dado los escasos medios del Arsenal, se hizo todo lo posible por organizar las fuerza atacantes. Se instalaron nuevas baterías y reforzaron otras en Punta Cantera, El Trocadero y Puntales. Todo esto no pasó desapercibido a Rosily, quien sólo confiaba en la llegada por tierra de refuerzos por parte de los imperiales. Es por ello que desde ese momento intentó mediante correspondencia con las autoridades españolas ir retrasando el inevitable enfrentamiento.

Apodaca fue el encargado de organizar la fuerza de combate, quedando en total tres divisiones de 15 cañoneras cada una. El plan de Moreno era que las cañoneras fueran en primera línea; detrás las bombarderas -fuera del alcance de los franceses- y más atrás los botes auxiliares con tropas y pertrechos listos para abordar o sacar a remolque cualquier buque de la zona que se pudiera. El Príncipe de Asturias, de 112 cañones, y el Terrible, de 74, darían apoyo al conjunto. También se preparó una serie de banderas de señales para estar coordinados con los navíos, baterías y fuerzas sutiles (embarcaciones cañoneras). Éstas últimas eran lanchas y botes de navío, aunque extensibles a cualquier artefacto flotante, arboladas o no, con uno o dos mástiles, y que se servían de los remos y pértigas para avanzar contra el viento y/o situarse en inmejorables posiciones para atacar. Iban armadas con un solo cañón de 24 libras. También solían llevar un obús o pedrero para su defensa en caso de ser abordadas, así como infantes de marina que daban apoyo con sus fusiles. La agilidad de tales embarcaciones les hacía ser un blanco poco preciso para dispararlas desde un buque. Maniobraban con los remos para situarse en las aletas o amuras de su objetivo mientras éste no podía evitarlo.

Cárcel-pontón.
Cárcel-pontón.

Las embarcaciones cañoneras proporcionaron un gran apoyo logístico y estratégico, ya que no sólo servían en escaramuzas, si no que permitían transportar material y personas por los caños, por lo que desempeñaron un papel fundamental en esta batalla y durante el asedio a Cádiz (1810-1812). En la actualidad, la Fundación Legado de las Cortes tiene dos replicas de las embarcaciones cañoneras usadas en la época.
Una vez preparado el ataque, Morla envió una advertencia el 9 de junio a Rosilly, instándole a una rendición incondicional en el plazo de dos horas o de lo contrario: “…soltaré mis fuegos de bombas y balas rasas -que serán rojas si V.E. se obstina-. Rosily se negó a rendirse. Así pues se inició el ataque desde las baterías y por las fuerzas sutiles. Los franceses estaban bien situados y lograron rechazar los ataques que durante cinco horas intentaron infructuosamente rendirles, dejando un balance de 5 muertos y 50 heridos en el bando español y 12 muertos y 51 heridos en el bando francés.

Rosily intentó ganar tiempo y alargar la tregua a la espera de refuerzos, escribiendo varias cartas a Morla en las que pedía que dejasen salir a su escuadra bajo promesa de no ser atacados ni por los españoles ni por los británicos. Morla se negó. Rosily, al día siguiente, propuso desembarcar el armamento y arriar sus banderas, pero permitiéndoles permanecer a bordo. Morla volvió a rechazarlo, indicándole que sólo aceptaría la rendición sin condiciones. La situación no era favorable para los españoles, ya que la falta de pólvora no hacía posible otro ataque como el del día 9. Se optó pues por instalar nuevas baterías simuladas, y se sumó al combate el navío Argonauta en La Carraca. Todo ello una “fachada”. Para evitar que los franceses intentasen entrar en el arsenal, éste fue bloqueado con el hundimiento del navío Miño.

El 14 de junio se volvió a intimar a la rendición de la escuadra francesa sin condiciones. Rosily era sabedor de que no podría resistir mucho más, de modo que durante el trascurso de la mañana los pabellones franceses fueron sustituidos por los españoles. En total se entregaron 3.676 prisioneros más un botín de de cinco navíos de línea y una fragata, armados con nada menos que 456 cañones, numerosas armas individuales, gran cantidad de pólvora, municiones y cinco meses de provisiones.

Después de este acontecimiento, los comisionados españoles, de quienes el General Morla era cabeza visible, embarcaron hacia Inglaterra para tratar con el gobierno británico. El mismo que el 4 de julio emitió una orden declarando que todas las hostilidades entre Inglaterra y España deberían cesar inmediatamente para aliarse contra la Francia de Napoleón.

Los prisioneros franceses fueron recluidos en los navíos desarmados ‘Castilla’ y ‘Argonauta’, habilitados como pontones. Hubo 35 prisioneros que se alistaron a los batallones de marina de la Real Armada, ya que no eran naturales de Francia y viendo la lúgubre perspectiva de quedarse en un sórdido pontón decidieron desertar. E hicieron bien, porque luego llegarían los prisioneros de Bailén y estos pontones serían conocidos como las ‘tumbas flotantes’, una cuna de enfermedades en condiciones infrahumanas.

Durante el trasvase de víveres de los navíos franceses al Arsenal se produjeron bastantes saqueos por parte de los transportistas: en alguna ocasión no llegó ni la cuarta parte de lo transportado, de modo que se decidió mandar una treintena de soldados para su cuidado (para saber más sobre el destino de los prisioneros, consultar el libro ‘Recordando un olvido’ de Lourdes Márquez).

Tras la victoria se premió con una medalla a todos los participantes y se ascendió un grado a todos los oficiales españoles. Rosily y algunos de sus oficiales fueron puestos en libertad bajo juramento de no combatir contra los españoles, para que llevaran personalmente las noticias de su rendición ante Napoleón. Éste mandaría para recuperar la flota perdida al cuerpo expedicionario de La Gironda con el General Dupont al mando, derrotado en Bailén el 19 de Julio de 1808. Llegarían a Cádiz como prisioneros de guerra retrasando todos los planes de conquista de Napoleón Bonaparte.

Agradecer a la Fundación Legado de las Cortes por todos los datos e imágenes facilitados, ya que es la única entidad que conmemora este hecho anualmente desde 2008 -su Bicentenario- y la única entidad a nivel nacional y de las pocas a nivel internacional que emplean embarcaciones cañoneras en sus recreaciones.

http://www.elcastillodesanfernando.es/2015/06/207-anos-de-la-batalla-de-las-pozas-de-santa-isabel/

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